De ballenas y leviatanes.

Hubo un día no demasiado lejano en el que me vi rodeada de cetáceos. Y sí, hablo en sentido literal, aunque todo se puede explicar.

Estaba inmersa en la lectura de Moby Dick, libro de Herman Melville que a pesar de pertenecer cronológicamente al Realismo, ya que fue publicada en la segunda mitad del siglo XIX, por temática se separa un poco del europeo al ser entonces Estados Unidos un país de naturaleza más que de ciudades e industria como sí era Europa. Y cuento esto porque me gusta mucho esta época de la literatura y me adentré en un libro totalmente diferente al que tenía en mente que iba a leer: una novela menos social y que trataba temas muy transcendentales.

No es mi intención ni analizar la novela ni ponerme muy teórica al respecto, pero sí quiero matizar que estas circunstancias hicieron que me demorase más de la cuenta en la lectura del libro, que me llevó casi un año acabar y que inevitablemente marcó la realidad que estaba viviendo.

Esta novela de casi novecientas páginas narra la historia de Ismael («Llamadme Ismael.»), un tripulante de un barco ballenero llamado Pequod cuyo capitán Ahab está obsesionado por cazar una ballena blanca a la que todos conocen por el nombre de Moby Dick.

En estas estaba cuando empecé a darle vueltas a una idea que llevaba tiempo barruntando, pero que no sabía muy bien cómo canalizar, y de repente, me vi haciendo aletas caudales y demás cetáceos de barro, influida, entiendo, por los influjos de esa lectura.

Si me tuviera que quedar con un único capítulo del extenso libro sería con el XXXII, denominado «Cetología». Se trata de un verdadero tratado decimonónico de zoología, concretamente de ballenas, donde el autor hace un repaso a la clasificación natural de los cetáceos en grupos y familias. En él cita autores (desde Linneo a sus contemporáneos) que han escrito sobre la materia y se atreve a proyectar un borrador de sistematización de la cetología. No os voy a aburrir, pero a mí este capítulo me abrió un mundo, como habéis podido intuir por los nombres de todos los objetos que creo.

Igual fue el conticinio de una noche de insomnio la que hizo el resto, el caso es que me levanté un día con un nombre para un proyecto y con una idea que entendí como coherente y sugerente, y que además, me apetecía muchísimo llevar a cabo. Y es así como nació HAGO BALLENAS.

Curiosidad: el compositor Moby (Richard Melville Hall) puso su nombre en honor a su tío bisabuelo, Herman Melville, ¿ lo sabíais?

«¡Todo hacia la muerte avanza de concierto, toda la vida es mudanza hasta ser muerto!»

Comments (4)

  1. María

    Qué chulo, nena. No sabía nada de lo que cuentas y me encanta cómo lo explicas. Ojalá todas las noches de insomnio fueran así de productivas e inspiradoras ¿verdad?

    • Débora López Nogales

      Gracias, María. Pues sí, por la noche mi cabeza trabaja y está más creativa que por el día… Debe ser que al parar de todo el trajín es cuando ella se libera, se suelta e idea.
      (Me alegro que una escritora me diga esto ;)) Besos.

  2. CRistina (Floribus Natura)

    El libro es una obra de arte, un «must». A mis hijos les he transmitido el amor por la lectura y éste ha sido uno de los que han marcado diferencia en su educación. Me encanta tu historia, de cómo empezaste. Enhorabuena por tu arte

    • Débora López Nogales

      Totalmente de acuerdo, Cristina, hay que transmitirles el amor por la lectura. Muchas gracias por tu comentario y por tus palabras. Saludos, Débora.

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